Nimú Barquillo y el encanto de las cosas pequeñas

Nimú Barquillo
Nimú Barquillo // Imagen: By Vamuca

Lo tengo grabado en la memoria. En 2011, la maravillosa cantante Silvia Pérez Cruz cantó en un festival de Calella de Palafrugell ‘Vestida de nit’, una canción compuesta por sus padres, en honor de su padre recién fallecido. Dejando al margen la impresionante interpretación de la cantante catalana, en mi cabeza quedó grabado a fuego una frase que dijo sobre su padre: «Era un enamorado de las cosas pequeñas, bonitas, muy generoso…». Pérez Cruz no se refería a la gastronomía, sino a las tradiciones catalanas, pero esas personas dedicadas al detalle, a las historias cercanas, a los instantes bonitos…, valen su peso en oro.

Sin duda, Nimú Barquillo es un negocio, pero está gestionado y trabajado por personas así, y eso se ve hasta en el gesto más nimio y el plato más sencillo.

Le tenía ganas desde tiempo atrás, pero, por hache o por be, todavía no lo había visitado. Sí estuve, hace unos años, en el antiguo Nimú alojado en el desaparecido hotel Adler de la calle Goya. Pero el de Barquillo es otra cosa.

El primer encuentro

Me recibe el restaurante (a mí, y a cualquiera que se acerque por ahí) con un arco en la entrada compuesto de plantas y flores. ¡Qué estampa más bella en pleno centro de Madrid! El interiorista Pascua Ortega muestra en el local una sutil combinación de algún que otro elemento clásico con otros modernos y claramente cosmopolitas. Y las plantas y las flores que me reciben, muy alejadas del estilo tropical que tan de moda se ha puesto en la capital, dan un punto hogareño a la frialdad propia del concepto restaurante, que es como la casa de todos, pero, realmente no es la de ninguno.

Sala de Nimú Barquillo // Imagen: By Vamuca

Voy a Nimú de la mano de un amigo, y allí nos recibe Yolanda Iglesias. Nuestra mesa está al fondo, y es una mesa espaciosa, de esas en la que se ve todo y a todos, y se controla cada movimiento que sucede en el restaurante. Una mesa que elegiría Michael Corleone o cualquiera que crea que su vida puede peligrar. Pero yo, que no tengo enemigo conocido y soy un poco caprichosa, le pido a Yolanda sin realmente pedirlo, si podemos ocupar otra mesa. ¿El motivo? La mesa privilegiada, puede que la más codiciada, sea la nuestra, pero mil veces prefiero ocupar una silla, con un firme respaldo que me obligue a mantener recta la espalda y me permita casi pegar mi estómago a la mesa, que el mullido y cómodo sofá de la estupenda mesa.

Como buena anfitriona, Yolanda Iglesias atendió mi renuncia no verbalizada y nos recolocó cómodamente en una mesa de mis anhelos.

El acto de comer

Ocurre mucho ahora que los comensales llegamos a un restaurante, nos ponemos a hablar y no pedimos nada. Si acaso, bebemos algo que nos ofrecen, pero de la comida nos olvidamos. Esto tiene una sencilla explicación: los códigos QR. Ese momento en el que la jefa o jefe de sala, o la camarera o camarero de turno te plantaban la carta ha desaparecido, y con ello, parece que también dijo adiós el hambre. ¡Pobre Yolanda! Dos o tres veces tuvo que venir a ver si nos habíamos decidido y todas las veces -ay, la pobre- le dijimos que no habíamos mirado nada.

Cecina de El Capricho // Imagen: By Vamuca

Al final, resolutiva ella, nos dijo: «No os preocupéis, yo os digo los imperdibles y vosotros cualquier apetencia». Y eso hicimos, mis apetencias y los imperdibles. Verdura pido siempre allá donde vaya. Y claro, entre los imperdibles no podía faltar la cecina de El Capricho (no en vano, el grupo propietario de Nimú es leonés) y un clásico entre los clásicos, el solomillo Wellington. De este último, largo y tendido podría hablar del hojaldre, pero lo resumiré en una palabra: excelente. La carne de su interior -también leonesa, de Valles del Esla- jugosa, sabrosa y sonrosada sin ser sangrante. Un solomillo Wellington rozando la perfección, trabajo sin mácula del chef Héctor Arias y, ¡maravilla!, presentado, cortado y servido en sala por la gran Yolanda Iglesias.

Yolanda Iglesias mostrando y cortando en sala el solomillo Wellington // Imagen: Alexandra Sumasi

Iglesias es zamorana de nacimiento, tuvo la suerte de criarse en Francia, y digo suerte porque a una francófila como yo, así se lo parece. «Me eduqué en París, y soy totalmente bilingüe», me dijo Yolanda con desparpajo. Su posterior carrera profesional, ya en España, transcurrió en el hotel Ritz y en el hotel Hospes, ambos en Madrid, hasta recalar en el Grupo By Vamuca y, por ende, en Nimú Barquillo.

Volvamos atrás. Entre mis caprichos vegetales, se me antojaron los puerros gratinados. Aunque mi amigo no es neófito en Nimú, resultó que nunca los había probado. La elección fue un acierto, y aunque sencillos, estaban bien sabrosos. A los puerros precedió un tomate con mojama. Aquí, en mi opinión, el único pinchazo. Mea culpa. No caí: obvio, el peor momento del tomate es el entretiempo. El invierno, con los raff, está cubierto. Y avanzado el verano, llega su época gloriosa en casi todas sus variedades.

Acabó el almuerzo con una tarta de queso, acertada recomendación, ¡cómo no!, de la atenta, simpática y profesional señora Iglesias.

Tarta de queso de Nimú Barquillo // Imagen: By Vamuca

Qué beber en Nimú Barquillo

La carta de vinos está nutrida, y según me contó Yolanda, están trabajando en ampliar referencias. En cualquier caso, nosotros nos dejamos llevar y de aperitivo tomamos una copa de Valjunco albarín, de la D.O. León y elaborado por los propietarios del restaurante. Después, ya para comer, seguimos con San Cobate, un tinta fina de la Ribera del Duero, también elaborado por el equipo de Antonio Vázquez, director general y propietario, junto a su familia, del grupo By Vamuca. Precisamente San Cobate, como bodega, tendrá reportaje en breve en estas mismas páginas.

Nimú Barquillo

C/ Barquillo, 40, Madrid / De martes a sábado de 13:00 a 16 h y de 20:30 a 23 h. Domingos de 13:30 a 16 h / Precio medio (sin vino): 40 €

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