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Cuando yo era joven, decía, en son de juego y tocándome el vientre: “Barriga llena, corazón contento”. Quería manifestar, con ese refrán gastronómico,  que tras haber comido bien, la vida tenía otro color y se dulcificaba, habiendo resuelto satisfactoriamente la necesidad imperiosa de nutrirme. Pero había otros que sólo lo decían hasta haberse atiborrado de comida, en una suerte de codicia alimentaria, deseando acabar con toda la comida de que fueran capaces, por si el alimento escaseara y vinieran  tiempos de hambruna. Eran los glotones (voz derivada del latín glutto, tragar), que François Rabelais caricaturizara magistralmente en el personaje de Pantagruel.

Auguste Morisot fue un dibujante francés que vino a Venezuela en 1886, acompañando a Jean Chaffanjon, un explorador francés que realizó muchas expediciones por varias partes del mundo, entre ellas la región de Guayana. Los dos intentaban llegar al nacimiento del río Orinoco, recorriendo el largo río en canoas hasta la cabecera. Pero no alcanzaron a cumplir su propósito. No obstante, dejaron testimonios elocuentes de lo que vieron en la tortuosa ruta.

Uno de esos testimonios aparece en el diario de Morisot (Caracas: Fundación Cisneros, 2002). Los viajeros comían mal y con monotonía, dependiendo de los alimentos de la selva y de las escasas provisiones que llevaban. No siempre capturaban animales para comer, pero, cuando lo hacían,  era una fiesta. Y debían aprovechar los alimentos disponibles, porque se corrompían con rapidez, a pesar de los intentos por conservarlos. Los indígenas que los acompañaban, como guías y cargadores, preferían comer los alimentos frescos, hasta que ya no podían más, con su estómago abultado a punto de reventar.

Morisot escribe en su diario: “Cómo engullen estos marineros. Nuestro estómago, de capacidad normal, sólo puede contener comida para seis u ocho horas,…, pero ellos tienen un estómago tan elástico, tan desarrollado, que mientras más comida haya, más comen, y ello hasta tal punto que después de comer, ostentan una panza desmesurada durante todo el día. ¿Creerán que pueden acumular reservas para los días de escasez?”.

El proceder de esos indígenas es razonable en muchas comunidades humanas que dependen del entorno para conseguir sus alimentos. Así sucedía, probablemente, desde los tiempos en que el hombre era nómada y no podía reproducir su alimento a voluntad con la agricultura y la ganadería, y conseguirlo en las redes de distribución comercial.

Al observar Morisot que la carne de cacería se descomponía rápidamente,  por el calor y la humedad ambiental excesivas imperantes en la selva tropical, escribió: “Los marineros tenían razón entonces de atiborrarse lo más posible… Sabían que el venado (cazado) no iba a durar más de dos días”.

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Pero no es lo mismo actuar en condiciones de escasez que de abundancia: 

Estar en plena selva que en una ciudad, donde tenemos capacidad de elegir los alimentos, y podemos reponerlos. Además, podemos conservarlos con facilidad. En teoría, podemos comer cuantas veces queramos, y no tenemos por qué atiborrarnos de comida, como los indígenas de los que hablaba Morisot.

El estómago es un órgano elástico. Vacío, tiene un volumen de unos 50 mililitros, pero puede dilatarse hasta 80 veces para llegar a almacenar hasta 4 litros de alimento. Y así permanecer, hasta que la comida se vaya digiriendo gradualmente. El tiempo de permanencia de la comida en el estómago  es variable y depende del alimento. El agua y los alimentos líquidos apenas se detienen, el pan y la carne duran de 2 a 3 horas, y las grasas tardan de 7 a 8 horas para ser digeridas. Podemos, pues, jugar con esa capacidad cambiante de una manera inteligente como lo hacían los indígenas selváticos.

Rafael Cartay/@RafaelCartay

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