revolución femenina en la gastronomía

Ha insistido la cultura patriarcal, en más de una ocasión, en aquel viejo tópico de que el lugar de la mujer es la cocina; aunque, a la hora de glorificar hacedores de la mesa pública los honores recaían —con razones, evidentemente— en caballeros de barba, bigote y buena sazón. Los movimientos a favor de los derechos del llamado sexo débil, iniciados en pleno siglo XIX, en su afán de romper el apretado molde, llevarían a las mujeres a abandonar las estufas y a demostrar que podían con cualquier profesión que se propusieran.

Así poco a poco caerían las barreras académicas, científicas, políticas, y al final habría mujeres en posiciones principales en prácticamente todas las áreas del quehacer humano.

Pero —la justicia poética es siempre semejante a la ironía— el campo de la alta cocina, que cualquier patriarca decimonónico hubiera considerado el más idóneo para las hijas, tardaría en ser asumido por las mujeres; de modo que sólo hacia finales del siglo XX, o más bien principios del XXI, comenzarían el despuntar de las mujeres en la revolución femenina en la gastronomía.

Hélène Darroze —que cumpliera la hazaña de obtener una estrella de la Guía Roja en un restaurante que tenía escasos cuatro meses abierto al público— es el nombre de una de las pioneras que están demostrando, en el mundo, que la cocina es apenas uno entre los muchos lugares en los que puede una mujer sentirse como en su casa.

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