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He sido durante mucho tiempo una persona muy quejosa. Mis amigos me lo repetían continuamente y se mofaban de mi comportamiento. Ellos tenían razón: me quejaba de la vida, me quejaba de todo, de la falta de plata, de las deudas, de las cosas que me salían mal, de que las personas que estaban a mi lado no reconocían mis esfuerzos.

Un día dije que no me quejaba más

Fue hace tiempo. Nunca reparé en el cumplimiento preciso de ese propósito de enmienda. Pero un día me di cuenta de que luchaba por vencer las adversidades, en vez de estar constantemente en una sola queja. Quizás me ayudó mucho la lectura de un libro de Johnson titulado Quien se llevó mi queso, o algo así. Cuando los personajes (eran una pareja de humanos y otra de ratones) evolucionaron para sustituir el queso perdido por otro nuevo, las cosas cambiaron para ellos. Algo así me pasó a mí. Las circunstancias de la vida me movieron el viejo “queso”, al cual yo estaba acostumbrado, y yo asumí el riesgo de salir de mi zona de comodidad para buscarme un nuevo “queso”.

El otro día leí un aleccionador cuento en un libro lleno de útiles consejos, narrados con mucha amenidad. Se trata de La culpa es de la vaca (de J. Lopera y M.I. Bernal. Bogotá: Círculo de Lectores, 2002). Se los transmito a continuación, repitiéndolo a mi manera.

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Una joven se quejaba amargamente sobre su mala suerte

Achacándole todo lo que le pasaba a la dureza de la vida. Su padre, que era cocinero, la oyó quejarse y la llevó a su cocina. Abrió el refrigerador y sacó tres productos: un huevo, una zanahoria y un puñado de granos de café. A continuación colocó tres ollas con agua al mismo nivel y las puso a hervir.

Cuando el agua de las tres ollas hervía, el cocinero colocó, en una, la zanahoria; en otra, el huevo, y en la tercera olla los granos de café. Esperó un cuarto de hora. Al cabo de ese tiempo, apagó los tres fuegos.

El cocinero preguntó a su hija qué veía. Ella respondió, sin pensarlo mucho: “una zanahoria, un huevo y unos granos de café en agua caliente”.

El cocinero sacó los tres productos y le preguntó de nuevo a su hija qué veía. Y ella le contestó lo mismo: “una zanahoria, un huevo y granos de café fuera del agua hervida”.

Su padre sonrío. Ella se desconcertó, y le dijo, molesta, que no se burlara porque no entendía nada. “¿Qué era eso? ¿Puedes explicarme?”, le preguntó.

Su padre, el cocinero, le dijo que tocará la zanahoria: estaba blanda. Le pidió que rompiera el huevo: estaba duro. Le dijo que probará el café: la infusión sabía bien.

Ella, más molesta aún, le exigió una explicación.

El cocinero, su padre, explicó: “Esos tres elementos se han enfrentado a la misma adversidad: el agua hirviendo, y cada uno de ellos ha reaccionado de distinta manera. La zanahoria, dura, se ablandó. El huevo, frágil, se endureció. Los granos de café colorearon el agua y se convirtieron en una bebida estimulante”. “¿Quién eres? —agregó su padre— ¿Cómo te comportas cuando la adversidad toca tu puerta? ¿Cómo una zanahoria, un huevo o unos granos de café?”.

Dime, y tú, ¿cómo te comportas?

Rafael Cartay/@RafaelCartay

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