El croissant, un preferido del desayuno parisino

Croissant

Un desayuno típicamente parisino consta de baguette, croissant, brioche o un panecillo de pasas, mermelada y mantequilla. A la bollería dulce se le denomina viennoiseries, ya que se suponía que procedía de Viena. Se trata de invenciones urbanas para las cuales se utiliza hojaldre o masa cocida y mucha mantequilla. Deben comprarse recién hechos, a diario, y casi nadie los elabora personalmente.

Con todo, el preferido es el croissant. Pero, aunque parezca tan francés no lo es. El nombre significa “luna creciente” y cuenta con su propia historia. Hay versiones al respecto. Una, en las que coinciden muchísimas publicaciones es que es originario de Austria. A finales del siglo XVII los turcos sitiaron Viena. Para conseguir que la ciudad se rindiera, construyeron un túnel por debajo de la muralla.

Los panaderos empezaban a trabajar de madrugada y pudieron dar la alarma a tiempo. Los enemigos tuvieron que retirarse. Como símbolo de su triunfo, hornearon el emblema de los turcos, la luna creciente, con masa de hojaldre.

Otra versión, menos difundida, dice que el croissant procede originariamente de Hungría, con los mismos acontecimientos que la anterior, durante el asedio de los turcos a Budapest (fue primero). Y que, luego, este producto hizo furor en Viena.

Sea una u otra, fue María Antonieta, nacida en Austria, quien lo llevó a París en el siglo XVIII. Para no sufrir decepción alguna, hoy en día es mejor pedir al panadero croissants au beurre, de mantequilla.

No puede faltar el café

¿Qué sería París sin café y sin sus cafés? La mayoría de los parisinos y de los franceses desayunan una gran taza de café au lait (café con leche). Sólo una minoría se contenta con café solo, de sabor medio fuerte.

Algunos alejan el cansancio con un petit noir (café corto) en su gruesa taza de porcelana. Normalmente se permiten ese café exprés en la barra. Para muchos, entrar en un café o bistró antes de ir a trabajar forma parte de la rutina diaria.

Por lo general, las plantas de café pertenecen a dos grandes familias: robusta y arábica. En la capital francesa los dueños de los establecimientos utilizan una mezcla compuesta principalmente por robusta, con mucha cafeína y un alto porcentaje de sustancias amargas.

Pero en líneas generales, en Francia el ordinario robusta goza de mucha fidelidad, no sólo gracias a su precio, sino también al  hecho de que, con menos exigencias en cuanto a clima, situación y suelo, crecía muy bien en las antiguas colonias francesas de África y Asia. Su contenido en cafeína puede doblar al del refinado arábica.

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