Hallaca venezolana
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¡Llegó la Navidad! Es tiempo de compartir lo que se ha vivido y de renovar las esperanzas del porvenir incierto. Comemos hallaca, suena la gaita, viva la fiesta de vivir, se celebra el momento del encuentro, de la amistad, del amor. El cuerpo abandona la tristeza y la soledad y se vuelca, entusiasmado, a la corriente de la vida solidaria que invita a la celebración festiva. La mesa familiar está servida.

La preside la hallaca, la reina de la fiesta navideña venezolana. Pero no siempre fue así. De comida ordinaria, que se sirve en cualquier época del año sin notables gestos celebratorios, la hallaca, por su compleja elaboración y la suculencia de su contenido, fue convirtiéndose en una comida extraordinaria, inmersa en el ritual decembrino de las celebraciones religiosas, y terminó por ser la reina de la fiesta y de la mesa urbana.

Esa conversión de plato servido de manera ordinaria en cualquier época del año, a plato central de la Navidad venezolana, se debe a varias razones. La primera es que en el tránsito de la Venezuela rural a la Venezuela urbana ocurrieron importantes cambios. El que más, la incorporación notable y progresiva de la mujer al mercado de trabajo y al sistema educativo, lo que redujo el tiempo de su permanencia en el hogar e hizo que las labores domésticas más pesadas fueran sustituidas por otras que representaran un menor tiempo de ejecución. La hallaca, de demorada confección, dejó de elaborarse de manera frecuente para ser hecha en épocas especiales como la Navidad.

De la mesa familiar al espacio público

Hallaca caraqueña
Foto: 123rf

La segunda razón es que en la sociedad venezolana se fue instalando, lenta y progresivamente, la costumbre de la celebración de la Navidad y, en especial, de la Nochebuena, como un acto público más que una actividad privada, tal como lo había sido hasta finales del siglo XIX. En la Venezuela rural las reuniones familiares se desarrollaban más en el ámbito privado que en el público. Había menores ocasiones para una intensa interacción social, reducida por lo general a las celebraciones familiares.

A partir de la década de los cincuenta, cuando ya es un hecho la Venezuela urbana, la Navidad se volvió una fiesta celebrada con mucho entusiasmo en todos los rincones del país: la modernidad había llevado la escena íntima al espacio público, y se adornaban con bambalinas y motivos navideños calles, centros comerciales y grandes salones, preparándose para la fiesta amenizada con música interpretada por grandes orquestas y las alegres gaitas. La Navidad llegó a América con la conquista y la colonización de los pueblos hispánicos por el imperio español.

Hojas de plátano para la hallaca
Hojas de plátano para envolver la hallaca. Foto: 123.rtf

La venezolana, cultura heredada de los invasores, copió las características básicas de la española, que se festejaba como lo hacían algunos otros pueblos europeos del hemisferio norte durante la época del solsticio de invierno. Eran fiestas religiosas que giraban alrededor del nacimiento del Niño Dios, se entonaban cantos religiosos –los villancicos llegaron a América a partir del siglo XVI, dando origen al aguinaldo–, se armaban representaciones del portal de Belén, lo belenes o nacimientos difundidos po los religiosos franciscanos, y se comía y bebía en abundancia, en la cena de Nochebuena, para celebrar el magno acontecimiento del nacimiento de Jesús.

Nuestra mesa navideña, que presente algunos manjares propios de la Navidad española, como el pavo relleno, el lechón o el cabrito asado, los dulces de mazapán y en particular, el turrón de almendras, aunque de manera complementaria, mostró su propio perfil incorporando a la mesa la hallaca, el pernil de cochino, la ensalada de gallina, el pan de jamón, el dulce de lechosa y los buñuelos de yuca con miel de panela, como una resultante gastronómica del intenso intercambio de técnicas de cocina y de productos alimentarios del Nuevo Mundo y de otros continentes.

Bolas de masa para hallaca
Las bolas de masa de harina de maíz listas para la hallaca. Foto: Mauricio Donelli

Pero eso no siempre ha sido así. Porque los elementos constitutivos de la mesa navideña venezolana han variado en el tiempo con los cambios que ocurren en la demografía, la economía y la historia. En 1945, por ejemplo, el menú típico navideño de la Venezuela rural estaba compuesto básicamente –según Fermín Vélez Boza– por la hallaca, el dulce de lechosa y la chicha andina.

En el menú de la Venezuela urbana se fueron incorporando el pernil al horno, el pan de jamón, la ensalada de gallina, el panetón, lo que equivale a decir que los venezolanos fuimos construyendo poco a poco nuestra propia Navidad con las cosas nuestras y la de los otros, como sucede con todo proceso cultural. Muchas veces recibimos  las  influencias  ajenas  y las convertimos en cosas nuestras, nacionalizándolas, tal como sucedió con la hallaca, la arepa, el joropo, el aguinaldo, la gaita, y muchas  otras  cosas propias de la comida y la música y de la vida en sociedad.

Plato navideño con hallaca
Típico plato navideño venezolano: hallaca, pernil, ensalada de gallina y pan de jamón

La hallaca se volvió la reina de la mesa navideña, acoplándose al espíritu festivo de la Navidad, porque se trata de una comida ceremonial que invita al consumo colectivo o en  común del grupo, y que es de elaboración compartida por los miembros de la familia. Se convirtió en el centro de la sociabilidad navideña, porque al comer y beber juntos se produce un ritual de unión o de agregación, que invita a la fiesta grupal. Y de confección alimentaria, se volvió un fuerte lazo espiritual entre los venezolanos.

Dada su riqueza simbólica, es ahora el centro de una compleja trama de relaciones en el ámbito nacional de lo social, de clara lectura polisémica. La hallaca es el signo del reencuentro familiar anual, referencia de la celebración navideña asociada a lo religioso y camino que nos conduce a la patria nutricia y al regazo primero de la madre ya muerta, que reencarna cada año, convidada por las delicias del guiso que alienta el espíritu supremo de la hallaca.

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