Ella entiende la cocina como un acontecimiento que trasciende a lo meramente gastronómico. Es su respuesta al exigente criterio de exquisitez que habita en su elegante naturaleza.

No importa de qué cocina se trate, su apuesta es llegar a la esencia de los ingredientes que, con precisión de relojero, se esmera en descubrir para conquistar lo mejor de lo que sea que ella cocine.

Ella esconde los secretos de su alquimia tras la sensualidad que experimenta al concertar diversas substancias para formular una comida que le ocupará largas horas en imaginar, investigar, combinar, buscar, diseñar y experimentar, mucho antes de decidirse con convicción monacal a dar su implacable aprobación, y comenzar la agitada faena de hacer salir de sus manos y fogones los regalos que obsequiará en su liturgia.

Concibe a la cocina como un espectáculo que exalta ese flanco lujurioso, incrustado en los genes de esa categoría de gentes a quienes se les conoce universalmente como los bon vivants.

Atesora en sus despensas condimentos de aquí y de allá, para engalanar los sabores y los olores que ofrece con generosidad a aquellos que invita a disfrutar lo que ocurrirá en sus sorprendentes mesas, donde todo ha sido considerado con la misma dedicada exactitud con la que ella fija la temperatura a la que debe ser sometida esa carne, este vegetal, aquel pescado, esos granos, para sublimar las texturas, los olores y los sabores con los que se propone estimular la vista, el olfato y el gusto de sus convidados.

Ella cocina descalza

Es su manera de sentir la piel desnuda sobre la tierra para enardecer aún más su naturaleza sensorial. Quizá ese hábito proceda de lo más ancestral que hay en todos, de ese apego a la tierra de la que vivimos, en la que vivimos, y en la que vamos a vivir. De esa tierra de donde proviene lo que comemos, que es lo que somos. Escucha música mientras cocina, y con ello completa el quinteto de los sentidos.

Ella dispone el escenario con idéntica distinción con la que cocina. Sabe integrar al teatro donde va a transcurrir la obra sin intermedio que ella escribió y dirige, prodigiosos objetos, que armonizan con las raíces culturales de la comida que ofrece, y que presenta de manera asombrosa en delicada combinación con la vajilla y la cubertería que resaltan la belleza del condumio. En la mantelería que viste a sus mesas. En las copas en las que sirve los otros protagonistas estelares del buen yantar.

Ella tiene su cómplice, que la apoya sin límites en la minuciosa selección de los caldos que actuarán en la sagrada ópera de la buena mesa.

Él se dedica con fruición a la noble tarea de casar a la señora comida que ella concibe, con el más fiel de los maridos que una tal dama pueda tener: vinos de gran clase.
Ella es su amplia sonrisa. Y su sonoro verbo de afinada musicalidad. Y su rostro iluminado. Su larga cabellera, que logra el efecto inusitado de alargar su ya inusitada larga figura.

Ella se llama Piaspia.

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