Salvador Dalí es uno de los más pintores españoles más conocidos del mundo. A pesar de sus excentricidades, es muy difícil negarle su maestría artística, y reconocerle haber sido el máximo exponente del movimiento surrealista en la plástica.

De las tres facetas más relevantes de la personalidad de Salvador Dalí, como pintor, escritor y sus continuas actuaciones que para muchos llegaron al borde del ridículo o del exhibicionismo puro (una suerte de genio que hizo de su vida misma su máxima performance), como la vez en que paseó por las calles de Nueva York con una barra de pan sobre su cabeza, o cuando celebró su cumpleaños en el restaurante Taillevent de París, con tres estrellas Michelin, llevando consigo una ocelote sujeto a una cuerda).

A Salvador Dalí le gustaba recurrir a objetos gastronómicos para expresarse

Decía: “Me gusta tanto usar términos gastronómicos para hacer tragaderas mis ideas filosóficas”.

Y así fue. Dalí decía que “Nosotros, los surrealistas, somos una comida de buena calidad… Somos como el caviar”, y pensaba que la carne gelatinosa es la verdadera causa del sentimentalismo. Agregaba, de una manera desenfadada que “Mi mística es el queso, Cristo es el queso”.

Dalí asociaba algunos alimentos a representaciones simbólicas. Por ejemplo, escribió que “En la coliflor se halla la apoteosis del poder paranoico”, o que “Las espinacas son amorfas como la libertad”, o que “Me gusta el color amarillo porque es el color de las proteínas y del ácido oxirribonucleico”, o “La belleza será comestible o no será”.

Uno de sus cuadros más conocidos es el de unos relojes blandos

Dalí amaba el queso camembert, y se le ocurrió el tema de esa pintura después de una cena terminada con un trozo de camembert. Para él, lo putrefacto, aludía al fuerte olor de ese queso, equivalía a lo convencional, a la sensiblería y al romanticismo mojigato. Otro cuadro suyo fue “Huevos fritos sin plato”, que, en una entrevista en 1952, aseguró haber visto en su vida intrauterina.

Dalí aborrecía los alimentos blandos o informes, que se destruyen fácilmente con la cocción. Por eso, le disgustaba la espinaca y sentía simpatía por los mariscos, especialmente los crustáceos, porque contaban con una estructura de soporte, que le permitían conservar su forma aún tras la cocción.

No obstante sus declaraciones que parecían a muchos “escandalosas”, Dalí era amante de las comidas sencillas, especialmente de las comidas típicas de su tierra natal, Figueras, en Cataluña. Le gustaba el pescado fresco sacado de la costa cercana a su residencia, y la comida de los pescadores y de los pueblos de su provincia: las comidas de atrevidas mezclas de lo dulce y lo salado, y de las combinaciones alimentarias de mariscos y carne, que se conocían allí como mar y montaña.

Rafael Cartay/@RafaelCartay

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