Foto: Carlos Balza/Orinoquiaphoto

La civilización del altiplano central andino fue una de las más importantes del mundo en el siglo XVI. Importante por sus dimensiones, el imperio inca se extendió a lo largo de unos 4.000 kilómetros, desde la parte sur de Colombia hasta el noroeste de Argentina y la zona central de Chile, un área comparable a la del imperio romano en su época de mayor esplendor. Esa vastedad lo convierte en uno de los mayores que la historia ha conocido desde la Edad de Bronce. Sin el uso de moneda, y sin haber utilizado la rueda y el hierro, la civilización incaica logró un enorme desarrollo agrícola que le permitió alimentar sin problemas a una población cercana a los quince millones de habitantes, organizados en comunidades llamadas ayllus.

El derrumbe del imperio

Las continuas rencillas, y frecuentes traiciones,  habidas entre los herederos del gobernante por la sucesión en el poder, constituyeron el principal elemento que desquició todo el imperio. Reinando la desunión, un contingente relativamente pequeño de osados guerreros españoles se apoderó con una relativa facilidad del poder. Más que la tecnología bélica desplegada por los invasores, fue la discordia interna entre las fracciones de hermanos rivales  estimulada por la codicia y la sed de poder, la causa fundamental del derrumbe.

La estructura agrícola

La estructura agrícola, que había permitido mantener sin graves episodios de hambruna a las comunidades indígenas andinas, soportada sobre cultivos agrícolas en terrazas, sistemas locales de riego y de almacenamiento de productos, sufrió grandes alteraciones, y muchos de los cultivos componentes de la dieta tradicional andina  fueron dejados de lado, sustituidos en parte por nuevos cultivos impuestos (entre otros, trigo, centeno, zanahoria y leguminosas importadas). Otros, como la papa, vieron amenazada la riqueza de su diversidad local, presionados por políticas uniformadoras de su comercialización urbana.

Quedaron, así, al margen, muchos cultivos autóctonos: una docena de tubérculos, tres especies de granos, tres legumbres y más de una docena de frutas. Plantas domesticadas, de gran interés nutricional, como la quinoa(Chenopodium quinoa), la oca o cuiba (Oxalis tuberosa), el tarwi o tarhui (Lupinus mutabilis), la mashua (Tropaeolum tuberosum), el ulluco o ruba (Ullucus tuberosus) la maca (Lepidium meyenii), la kaniwa o cañihua (Chenopodium pallidicaule), y otras más, permanecieron casi en la oscuridad durante unos quinientos años.

Tradición cultural indígena salvaguardada 

No se extinguieron entonces, afortunadamente, salvaguardadas por los conocimientos ancestrales y las tradiciones culturales indígenas que han mantenido la producción y  el consumo a nivel comunitario, y  se asiste hoy a un tímido rescate, a pesar de que no han sido objeto de serias investigaciones científicas ni de  programas de desarrollo agrícola que permitan una evaluación real de sus valores nutricionales y de sus posibilidades de siembra y de comercialización a escalas mayores que las de la  subsistencia campesina.

Se rescatan no solamente en los países del altiplano andino, sino también en los Andes venezolanos, gracias a programas de investigación agrícola llevados a cabo por organismos oficiales y por programas solidarios de intercambio, como Mano a Mano y Convivium, mediadores entre los productores campesinos y los consumidores urbanos,  que animan algunos profesores de la Universidad de los Andes, en asociación con la Fundación Jardín Botánico de Mérida y un grupo de estudiantes del Hotel Escuela de los Andes Venezolanos.

Rafael Cartay/@RafaelCartay

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