Olivo
Foto: 123rf

La mayoría de los especialistas sostiene que hace millones de años desapareció el mar Mediterráneo. El mar, en un acto de magia escenificado durante un larguísimo período, se evaporó. Tiempo después, las aguas volvieron y el estrecho de Gibraltar se abrió de nuevo.

Entonces, en las riberas del este del Mediterráneo apareció el olivo silvestre, antecedente del olivo común (Olea europaea). El hallazgo de hojas fosilizadas, datadas en treinta mil años a. C., halladas en una isla del mar Egeo lo atestiguan. 

Más tarde, dice Mort Rosenblum (autor de un delicioso libro sobre la aceituna), se encontró en Asia, hace unos seis mil años a. C., que los brotes del olivo silvestre podían ser injertados, replantados y cultivados, lo que facilitó su difusión mundial.

La mitología cuenta que Zeus buscaba un dios para reinar en el Ática, donde debía levantarse la Acrópolis. E hizo un concurso que ganaría el dios que presentara el regalo más grandioso. Poseidón golpeó con su tridente una roca y surgió un caballo, veloz y capaz de cabalgar largas distancias y de transportar grandes cargas. Ateneo creó el árbol de olivo y ganó el concurso. Otra versión de la mitología señala que Hércules, hijo de  Zeus, hincó su cayado en la tierra y a este le nacieron hojas de olivo. 

Árboles de olivo

Poco a poco el olivo se adueñó del paisaje mediterráneo. Fue llevado a Sicilia entre los siglos VIII y V a. C., y luego a la Italia continental. Más  tarde a Francia, España y Túnez.

Mucho tiempo después, en el siglo XVI, el árbol de olivo fue llevado al Nuevo Mundo. Luego a Australia y al sur de África. 

Actualmente, el olivo está distribuido en todo el mundo, aunque la mayor concentración, cerca de 90 %, se encuentra en la cuenca del Mediterráneo, especialmente en España e Italia, aunque este último país obtiene una parte de su aceite de oliva “italiano” comprándolo en España,  Grecia, Turquía y Túnez.

Rafael Cartay

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