Edgar Lizazaru, el artista del vino

El vino es un brebaje que ha acompañado los momentos de inspiración desde tiempos inmemorables. Una buena copa ha sido la musa de gran cantidad de personas ligadas al arte y a la cultura. Ante tanto amor, ¿qué mejor que hacerlo formar parte de la vida misma de la creación? Esto es lo que hace el pintor Edgar Lizarazu Shiosaky, un verdadero artista del vino.

Una buena botella para un bello cuadro

Edgar Lizazaru, el artista del vino

Lizarazu tiene muy claro que las artes no tienen límite alguno. Sabe que en su área, las plásticas, cualquier elemento es útil para plasmar imágenes sobre el lienzo. El creativo boliviano utiliza distintos tipos de fermentados para elaborar un sinfín de hermosos cuadros.

Formado en su natal país andino, Lizarazu estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes. Durante años perfeccionó sus habilidades con el pincel y las diferentes técnicas de pintura. Trabajó en diversas labores en el país sudamericano, siempre sin dejar su pasión.

En 2001 dio un gran cambio en su vida, se trasladó con sus progenitores al país de origen de estos: Japón, donde actualmente reside. Continuó en sus andares artísticos, pero no encontraba la forma de dar a conocer sus obras, hasta que su inventiva dio frutos.

Corría el año 2014 y Lizarazu quería dar con algo revolucionario: “La mayoría de los artistas continúan utilizando técnicas tradicionales, como óleo, acrílicos y acuarelas. Así que opté por las no tradicionales”. Comenta que realizó pruebas con cerveza negra, café, refrescos, whisky y té. Toda su búsqueda terminó en un insumo que hoy en día le da brillo a su nombre: el vino.

Narra que los otros elementos le parecían “aburridos” porque otorgaban una sola tonalidad a lo que pintaba, algo que cambió el fermentado de uvas: “Experimenté con el vino tinto y este cambió por completo mi modo de apreciación, percepción visual y mi vida. Me dije: ‘Esto es lo mío y lo que andaba buscando; es una bebida increíble… tiene magia”.

El toque del artista del vino

El boliviano radicado en el Lejano Oriente se ha dedicado a conocer al máximo las propiedades que el vino tiene para ofrecer: “El estudio de las variedades de uva y los diferentes tonos en que derivan aseguran resultados interminables. Un cabernet de Francia brillará de manera tan diferente a un cabernet de Chile, que es imposible discernir que se ha utilizado la misma variedad de uva”. Dice que no hay comparación entre un ejemplar y otro, esto debido a que “cada cual es único, tanto al beberlo como en el arte”. Cada pieza que elabora contiene cerca de cuatro o cinco variedades para jugar con los tonos.

Además, resalta las bondades de la bebida como ente estimulador. Dice que de manera obvia se regocija con todos los ejemplares que luego usa con otros fines: “El vino es inspirador, así que primero tengo que beberlo y disfrutarlo. Es casi como un ritual”.

Sus pinturas son, en su mayoría, de paisajes o retratos femeninos, en ocasiones, de mujeres famosas. También realiza bodegones de alimentos y botellas de vino. La calidad de sus cuadros, sumado a la peculiar “tinta” que utiliza, lo han convertido en una celebridad en un aspecto de la cultura vinícola. Ha sido llamado para formar parte de eventos y ferias dedicadas a la bebida en varios países europeos: “Mi propuesta es introducir su uso en el arte, la cultura y la sociedad”.

La labor del boliviano está llamando cada vez más la atención de los apasionados del producto de uvas. Otra manera de hacer disfrutar los sentidos con el vino, en este caso, la vista.

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