Comer molino
Vía Oerse Molenbakker

La frase: “…Cobardes y viles criaturas, un solo caballero es el que os acomete”, vendrá de inmediato a la memoria al comer en un viejo molino holandés. Tanto Don Quijote como Cervantes están presentes al disfrutar de la vista de los campos, llenos de caballos. Allí está el restaurante-molino Oerse Molenbakker, en Veldhoven, Holanda.

Un molino holandés

Vía Oerse Molenbakker

Como su nombre lo indica, los molinos sirven para moler el grano y convertirlo en polvo. Los primeros que se fabricaron eran de mano y datan del neolítico. Luego fueron evolucionando y se crearon, para moler a gran escala, los de agua, viento y de tracción a sangre (movidos por animales).

El caso es que para mover la piedra y moler el trigo, la familia De Jongh, dueños de Oerse Molenbakker, buscó piezas de viejos molinos de viento desguazados que datan de 1870, en Alemania. Comenzaron la construcción en 1985 y la concluyeron en 1991.

Visitar el lugar es toda una experiencia que implica disfrutar de productos realmente artesanales. Los De Jongh trabajan con trigo cultivado por ellos y molido en su molino, hasta obtener la harina más fina.

Entre antiguas granjas, prados y bosques, se puede disfrutar de una sencilla pero exquisita comida. Los panes, por supuesto, son su especialidad, y son deliciosos acompañados por una ensalada de vegetales frescos cosechados en la zona.

Ideal para los fanáticos de un buen sándwich, en cuya preparación cuidan hasta el último detalle. Por eso gozan del reconocimiento a la excelencia. Del proceso de preparación destacan cinco aspectos esenciales: el empleo de ingredientes puros de levaduras silvestres, la espera de un largo tiempo para su fermentación (más de diez horas) y la utilización del horno de piedra. El pan solo contiene trigo, agua, sal y algunas semillas adicionales para dar sabor. De ahí su aspecto rústico, de miga abierta y corteza dura. Los sabores no tienen límites y siempre están innovando.

También sirven sopas, cremas, quiches y dulces. Las galletas, tortas, croissants y pasteles acompañan el exquisito menú, que incluye desayuno, almuerzo, meriendas o cena. La torta de queso es famosa, así como la de papaya y albaricoque.

Pero lo más emocionante es comer dentro de un viejo molino holandés, deleitarse con el paisaje, percibir el aroma del pan recién horneado y recordar a Cervantes.

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