Vino de Madeira

La historia del vino de Madeira es, quizás, el ejemplo más destacable de dedicación humana a la causa del buen vino. La isla de Madeira es un afloramiento volcánico tropical en el océano Atlántico, más cerca de la costa norteafricana que de Portugal, de la que forma parte como provincia con gobierno autónomo.

Sus suelos contienen gran cantidad de cenizas a causa de un incendio que asoló la isla hace muchos siglos, lo cual imprime características propias al vino. Debido a su terreno montañoso, los viñedos se encuentran entre los más inaccesibles del mundo.

Foto 123rf

Un viaje de descubrimientos

Como el Oporto, los vinos de Madeira fueron en otro tiempo vinos de mesa ligeros que se sometieron a fortificación para poder soportar su larga travesía por el mar. En su caso, no obstante, los transportistas se encontraron con un gran descubrimiento. Llevándolos en las grandes embarcaciones comerciales de la Compañía Holandesa de las Indias orientales, el viaje del vino hacia el este era más largo y difícil que el que transportaba el Oporto desde el norte de Portugal hasta el sur de Inglaterra. Sin embargo, observaron que, cuando la bebida llegaba a India, no había sufrido ningún daño; de hecho, había mejorado. Durante muchas décadas, cada botella de Madeira que se vendía había pasado por un largo viaje alrededor del mundo. Así fue hasta que los productores hallaron la manera de simular las mismas condiciones, pero sin salir de su lugar de origen.

En el siglo XIX se introdujo un sistema de maduración que se conoce como estufa. Los lagares se equiparon con sistemas de calefacción central y tuberías de agua caliente que rodeaban las paredes, con el fin de recalentar el vino, como en los días de viaje marítimo. Algunos eran calentados simplemente con exponerlos al sol tropical del verano.

El Madeira es elaborado con 85% de la cepa tinta negra mole. Los varietales son desde el más ligero y seco hasta el más rico y dulce. En este último caso, sigue conservando esa profunda acidez que equilibra y complementa el dulzor. Sus aromas son característicos. A frutos secos como dátiles y nueces, y también destacan notas de caramelo y toffee. Generalmente no se indica la edad de la mezcla en la etiqueta. No obstante, se usa una terminología que orienta al respecto. El Finest tiene tres años; Reserva, cinco; Reserva especial, 10, y Reserva extra, 15.

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