La copa de vino por Nelson Socorro
Foto: Archivo

La copa para beber vino es el último elemento que nos separa del placer de degustarlo. Hoy es un artículo casi banal, que puede adquirirse en cualquier tienda. Pero no siempre fue así. También hoy sabemos que su “arquitectura” –la forma  que tiene– influye en el sabor que nos ofrece un sorbo de vino. Es tan importante que en Francia hay una copa estándar oficial para la degustación, aprobada por el departamento que controla los vinos del país.

¿Qué pasa en una copa?

Cuando se vierte vino en una se produce una pequeña conmoción de olores, vapores, sabores, aromas y sensaciones que las “grandes narices”–como se le llama a los más expertos catadores de vino– pueden descomponer con apenas acercarlo a sus fosas nasales y pasarlo entre su lengua y su paladar, incluso sin tragarlo.

Esa conmoción olfato-gustativa la ocupan en la parte alta de la copa, muy cerca del borde, los aromas más ligeros –flores, frutas y esencias–, en la media los vegetales y minerales, tierra, champiñón y cuero entre ellos, y en el fondo las armas pesadas, como el alcohol y las maderas. El catador agita suavemente el líquido para sintetizar aromas y sabores, y descubrir el bouquet del vino.

La dimensión, transparencia, inclinación de los bordes y profundidad de la copa, además de la cantidad de líquido, hace que el vino entre a la cavidad bucal de una u otra manera. Una de champaña, alargada y fina, se sirve llena y se bebe con la cabeza hacia atrás; de tinto se deja a medio y se bebe con la cabeza hacia abajo; una de blanco ligero no se agita y se bebe relativamente rápido, pues tiene  aromas que se desvanecen muy ligeramente.

Copa de vino

Los millésimes –años que marcan el nacimiento de vinos excepcionales– muy viejos, que dejan en la memoria recuerdos imperecederos, deben beberse en copas pequeñas para evitar una evaporación excesiva y rápida de su bouquet, así como una oxidación violenta.

El borde de la copa, concéntrico o excéntrico, influye en el acto de beber.

Las concéntricas, con el borde hacia adentro, hacen que el vino se dirija hacia la base de la lengua; las excéntricas, con el borde ligeramente inclinado hacia afuera, que lo haga hacia la punta de la lengua. El vino sabe diferente cuando entra en la cavidad bucal con estas sutiles diferencias.

La copa de vino tinto o blanco que no sea muy ligero debe ser grande y llenarse solo un  tercio  –máximo  50%– de su capacidad, pues el vino debe poder removerse suavemente en círculos sin salirse del envase. Las copas para vinos blancos tienen bocas muy abiertas; para un buen Chardonnay es necesaria una buena oxigenación pero los vinos ligeros pueden tomarse en copas de bocas pequeñas.

El tema del volumen no tiene mucha trascendencia en el caso de los blancos, pero sí en los tintos.

Consejos

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El vino debe olerse antes de agitarlo, después cambia los aromas. Una primera impresión de ciruela o de trapo sucio indica problemas.

En la copa podemos apreciar el color del vino, su limpidez, su brillo, sus matices, además de olfatearlo intensamente, cosa que no debe hacerse después de haber ingerido un whisky, un martini, un vodka o un roncito, ni de haber fumado, pues se tergiversará la mitad o más de nuestra capacidad olfato-gustativa.

Hay que probarlo con la lengua, el paladar, la garganta y la imaginación. Y nunca se deben teatralizar les expresiones, salvo que se sea un verdadero catador.

Las copas no deben lavarse  el  mismo día que se usen sino al siguiente y nunca en lavaplatos automáticos; no deben sumergirse en agua con detergente pues pueden mancharse si el cristal es poroso.

Nelson Socorro

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