crianza
Barricas de roble

El buen vino conserva su esencia afrutada. Sin embargo, hay vinos que además de frutas, huelen y saben madera. Es el caso de los vinos con crianza o guarda en barrica de roble. La crianza es una forma de afinar, estabilizar y hacer los vinos más longevos. La madera les aporta, entre otras cosas, taninos y un intercambio oxidativo favorable para darles más complejidad.

El gusto de los vinos con crianza

La madera tiene perfume, el cual cede al vino durante el contacto prolongado en la guarda. Indistintamente de si son blancos o tintos, los vinos con crianza adquirirán notas especiadas, acarameladas, ahumadas y, por supuesto, amaderadas. Específicamente, los aromas típicos que aporta la madera son: caramelo, vainilla, frutos secos, clavos de especie, humo, cedro, sándalo, café y tostados, entre otros. Más allá del sabor y del aroma, la madera le aporta al vino cuerpo y estructura. Y eso también es detectable por el paladar del consumidor. Los vinos criados en barrica de roble se presentan voluminosos y carnosos.

Foto 123rf

No obstante, no todos los vinos con aromas de madera tienen crianza en barrica. Hay una técnica que algunas bodegas utilizan para darle notas amaderadas a sus vinos y es la de añadir astillas de roble o duelas en la maceración. Con esto le imparten algo de aromas y sabor, pero el vino no adquiere complejidad. Algunos consumidores los prefieren ya que ofrecen el gusto de la madera y además a un precio mucho más accesible que el de un vino con crianza. Lo negativo de estos estilos es que no siempre está claro cuales vinos llevan este proceso, ya que muchas bodegas no lo especifican en sus etiquetas.

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