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Tequila es sinónimo de idiosincrasia mexicana. Un sorbo de esta suculenta bebida destilada del agave representa parte del alma azteca y principalmente del estado de Jalisco.

Su elaboración requiere varios procesos tanto de fermentación como de destilación. Además del uso de dos aparatos de nombre “alambrique”, especiales para calentar el líquido hasta convertirlo en vapor.

Pero esto es solo el comienzo, ya que el primer resultado que se obtiene es sometido a una segunda destilación, lo cual le otorga un mejor contenido de alcohol y a su vez refina la bebida.

El producto final es un tequila blanco, el cual es embotellado y llevado a un primer reposo.

Si se quiere algo más madurado, el líquido es guardado en barriles de roble, proceso que le confiere un mejor sabor, aroma y hasta color a esta bebida azteca, la cual mejora su sabor mientras más tiempo es añejada.

Un trago recio hecho de agave

Más allá de ser un producto destilado, acompañante de fiestas y hasta para pasar despechos y amores perdidos, el tequila es una bebida que guarda una historia y una producción bien interesante.

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